Archivo del mes 06.2011

27.06.2011

El folletín

0

En este post vamos a hablar sobre el folletín y su rol en el proceso de expansión de la Industria Cultural, analizando los factores que pueden asociarse con su expansión, la época de su surgimiento y otros fenómenos de la historia de los medios, propios del capitalismo industrial.

A mediados del siglo XVIII aparece el folletín en Francia. Se trataba de una publicación al pie de los diarios con el objetivo de difundir  novelas, redacciones literarias, artículos científicos. Tiempo más tarde, recomenzó a utilizarlo sólo para denominar a la publicación de novelas. Los diarios lo utilizaron con fin recreativo, que atrapara al lector, que les garantizara el mayor consumo. El folletín surge en el marco del Romanticismo francés y coincidió (no casualmente), con la alfabetización de las clases bajas europeas. Se la considera como una “literatura escapista” de bajo costo que permitía a estas clases formar parte de la Industria Culturar que comenzaba a surgir y, al mismo tiempo, ayudaba a vender masivamente los periódicos en los que se publicaban las historias..

El atractivo del folletín residía en el suspenso que lograba generar la situación final sin resolver, que se comprometía a resolverse en la próxima edición que, a su vez, presentaba un nuevo conflicto y así sucesivamente. Esto le permitía al diario acaparar un publico masivo que consumía ese producto en cada edición. Para la elite letrada, el folletín era considerado un genero vulgar, por ser escandaloso, morboso y, además, porque la misma novela era considerada un género inferior (aunque esta visión se modificó posteriormente).

El folletín es producto de la Industria Cultural que se estaba generando, que permitía al escritor profesionalizarse y liberarse del mecenazgo, aunque muchas veces requería un segundo trabajo para subsistir. Recordemos que aún se transitaba el siglo XVIII. Uno de los factores más influyentes en el desarrollo de esta Industria Cultural, es el ascenso social, económico y político de la burguesía, que conformaron en un condicionante a través de sus gustos de la producción cultural. Al tiempo, el folletín se expandió por toda Europa.

Por la estrecha relación que se establecía entre el escritor y el lector (muchos autores planteaban que el folletín era “escrito” por el publico), el folletín, era considerado como parte de lo que se denominaba “Arte Burgués”: producción comercial determinada por el mercado. Esto generaba un gran rechazo por aquellos que eran partidarios del “Arte por el Arte” (Boudelaire, Flaubert), quienes se oponían a todo tipo de condicionamiento que no correspondiera al propio campo del arte, considerado como autónomo y regido por sus propias leyes. Lo acusaban de moralizador e idealista.

Uno de los grandes folletines publicados fue “Los misterios de París”, de Eugene Sue (1842), quien escribió acerca de las miserias del pueblo, lo que llevó tanto a la conciencia de lo que vivían las clases bajas, como a un gran consumo masivo. Una de las características de su escritura era la simplicidad: “escribía como se hablaba”, causando una proximidad entre el lector y la obra. Si bien algunos autores lo critican por considerarlo reaccionario, acusándolo de aprovecharse de la miseria o platearse como salvador.  Pero en realidad, las soluciones sugeridas no eran más que soluciones para que todo siguiera igual (reformista). Por otro lado, también  se lo consideraba como parte del arte social, del que denunciaba las injusticias. La burguesía rechazaba sus escritos, pero, sin embargo, también lo leía. Otro de los grandes autores de esta publicación es Alejandro Dumas, con sus obras “Los tres mosqueteros” o “El conde de Montecristo”.

En la Argentina, Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez, fue uno de los primeros folletines  publicados, alrededor de 1879, en “La patria Argentina”. Éste relataba la historia real de un gaucho que andaba errante por la vida. Éste constituye uno de los escritos más importantes de la literatura del país y se enmarca dentro del romanticismo hispanoamericano. Así como en Europa, en Argentina también recibió críticas por parte de la elite literaria que la catalogaban “de mal gusto”.

Lo cierto es que el folletín comenzó teniendo pequeños espacios en los periódicos del siglo XVIII y fue ganando un gran público y se constituyó como una lectura de las masas. De esta forma, muchas de las grandes producciones literarias que conocemos hoy, comenzaron con este formato. Para nombrar sólo algunas podemos mencionar:

.Los Miserables de Balzac

. Madame Bovary de Flaubert

. Crimen y castigo de Dostoievsky

. La guerra y la paz de Tolstoy

Los misterios de París, de Eugene Sue

1
Actualmente, EL PUENTE está desarrollando varios trabajos relacionados al ámbito de la salud en pos de llevar adelante lo que nos da vida: construir puentes entre la salud y la comunicación.
Creemos que pensar la salud desde una mirada prospectiva y estratégica es lo que permite encarar un modelo donde se pueda lograr el bienestar físico, psíquico y social de cada persona.
Por ello, nos pareció oportuno presentar la nota que escribió Ianina Lois, egresada y docente de la carrera de Ciencias de la Comunicación UBA, para Página 12 el 15 de junio de 2011. A continuación, el artículo:

Ianina Lois plantea aspectos centrales sobre comunicación y salud y pide incorporar la perspectiva intercultural en las políticas públicas del sector.

La comunicación en salud es un campo que se viene desarrollando de manera veloz en los últimos tiempos. Uno de los desafíos pendientes es incorporar la perspectiva intercultural a los modelos y prácticas de comunicación impulsadas desde las instituciones públicas de salud.

Las políticas públicas no son neutrales. La forma en que comunicamos en salud se encuentra atravesada por modelos ideológicos hegemónicos, donde el saber médico ocupa el lugar central. Es así que la manera de concebir la salud y la enfermedad, el rol de los sujetos respecto de su salud y el cambio de las prácticas sociales, será coherente con los marcos de sentido contenidos en las instituciones rectoras de la salud pública.

Si miramos las acciones cotidianas de las y los comunicadores que trabajan en salud veremos que conviven de manera conflictiva distintos modelos comunicacionales, en los cuales no sólo cambia la forma de nombrar las tareas, los objetivos y las actividades. Estos modelos responden a paradigmas diferentes acerca de cómo piensa el sistema de salud a las personas, a sus costumbres y rutinas, a las relaciones que establecen con su propio cuerpo, con la comunidad a la que pertenecen y con las condiciones que estructuran sus contextos y ambientes.

Comunicar desde una institución pública –a través de materiales impresos, sonoros y/o audiovisuales– genera un tipo de relación con aquellos a quienes se busca interpelar y movilizar desde las políticas públicas. A lo largo de la historia de la comunicación en y para la salud hemos visto la presencia de fuertes modelos normativos en relación con las conductas y acciones de la población destinataria.

Muchos mensajes nos dicen qué comer, cómo hacerlo, cómo comportarnos en la intimidad o cómo conformar nuestra familia, y nos proponen prácticas universales donde no son incorporadas las condiciones en las cuales transcurre la vida familiar, laboral y comunitaria del destinatario.

Quienes hacemos comunicación desde el ámbito de la salud nos encontramos permanentemente con el desafío de que nuestros materiales sean inclusivos de la diversidad de género, de lugar de nacimiento o crianza, de elección sexual, de lenguaje y costumbres y de las diferencias generacionales, entre otras posibles.

La dimensión intercultural da cuenta de la salud como necesariamente imbricada en los procesos culturales. Es pensar la salud, la enfermedad y la atención desde una perspectiva relacional que recupera los procesos históricos y considera que todo campo sociocultural es heterogéneo. Permite advertir que la comunicación en salud ocurre en el ámbito de las contradicciones, las disputas de sentido y las asimetrías en el acceso a los recursos –sean materiales o simbólicos–.

Y en este sentido, quienes generamos e impulsamos procesos comunicacionales desde las instituciones de salud no debemos olvidar que la comunicación no puede ser considerada como un espacio neutro que produce relaciones transparentes y racionales en los servicios de salud. Abordar la comunicación desde una perspectiva intercultural implica pensarla a partir de relaciones complejas que se desarrollan por múltiples vías y donde el conflicto es inherente.

Si reconocemos la articulación con lo cultural y lo político, surge la necesidad de avanzar más allá de la mera definición de estrategias. Nos aproximamos a un espacio de intercambio de saberes y sentidos entre los sujetos y las comunidades que participan de la situación de comunicación.

El desafío está planteado. Resta intentar responder si es posible realizar un abordaje de la relación comunicación y salud a partir de la incorporación de dimensiones como comunidad, interculturalidad y culturas populares. Respuesta que pondría a la discusión en el campo de lo ideológico y supondría un avance hacia la democratización de las relaciones sociales en el ámbito de la salud.

Resta también responder si es posible avanzar hacia modelos de comunicación menos sordos y ciegos, que conciban a la comunicación como proceso, reconozcan la diferencia y el conflicto, y construyan escenarios de encuentro, concertación y participación, donde se propicie el diálogo con aquellos a quienes se dirigen las políticas públicas en salud, entendiendo que en un diálogo hay reglas del juego compartidas y aceptadas, y hay múltiples actores que se escuchan recíprocamente y se modifican en esa conversación.

Fuente: Página 12 – 15/06/2011

 

 


0

Friedrich Schiller (1759 – 1805) fue fue un poeta, dramaturgo, filósofo e historiador alemán y es considerado una de las figuras clave del clacisismo de Weimar.

En 1795 escribió “Cartas sobre la educación estética del hombre” , compuesto por 27 cartas, donde describe la educación del hombre en una sociedad racional. Allí Schiller hace una reflexión acerca de la belleza y su función dentro de una cultura y una sociedad determinada.  Critica el proceso de la ilustración, cuando sostiene que “lleva a la enajenación del ser humano respecto a su esencia” y afirma que la educación del hombre con miras a resolver el problema político de una sociedad plenamente racional y libre, debe ser “estética”.

A continuación presentamos tres de las cartas:

Duodécima carta

Los conceptos esbozados por Schiller en esta carta se ligan con el pensamiento de la Grecia Clásica en cuanto a la separación de cuerpo y alma. Schiller lo llama “la realidad en nosotros” y “la realidad fuera de nosotros”. Cada una de estas tiene un impulso: uno formal (que dicta las leyes) y uno sensible (que tiende al caos). En el uso del impulso formal se manifiesta la naturaleza racional del hombre, conformando un ser libre. Sostiene que cuando actúa la razón, el hombre es libre y “se da la más perfecta extensión del ser”, mientras que el impulso sensible hace imposible la perfección de la humanidad. Con este tipo de afirmaciones se ve claramente el pensamiento del autor: el racionalismo reinante, rechazando el plano del sentir, alegando que ese impulso puede ser válido en un determinado momento y para un sujeto en particular, pero puede no ser pertinente en otro momento dado.

Decimotercera carta

En esta carta  Schiller profundiza los conceptos de impulso formal e impulso sensible, sosteniendo que no son impulsos contrapuestos por naturaleza, sino que llegaron a esa oposición en su accionar en la naturaleza. En este sentido, propone a la cultura como mediadora entre estos impulsos: “la cultura consiste en vigilar estos dos impulsos y asegurar los límites de cada uno de ellos”. En este caso, Schiller hace un valioso aporte referido a la cultura para su época. Rescata una función y le otorga un poder a la cultura, la deja encargada de lidiar entre los dos impulsos que caracterizan al hombre. Claro que no es un concepto de cultura concebido tal como lo es hoy en día, pero es un adelanto importante para el siglo XVIII (1795).
Sostiene que ambos impulsos necesitan un límite, es necesario que el hombre encuentre un balance entre ambas.  De esta forma, concluye que la belleza puede ser concebida como la instancia que hace posible “educar” tanto la facultad sensible y como la facultad racional, ya que las contiene a ambas. Así, la cultura pueda considerarse como “estética” ya que fundamenta y asegura la acción recíproca de estos dos impulsos.

 

Decimocuarta carta

Schiller continúa ahondando los conceptos de impulso formal e impulso sensible. Aquí, afirma que para que se de una relación recíproca entre estos dos impulsos, el hombre tiene que actuar en plenitud de su razón y se sentirá completo, como humano, cuando sea capaz de controlar y utilizar estos dos impulsos juntos.

Schiller habla en un nivel muy grande de abstracción y quizás en algunas partes se dificulta la lectura y posterior comprensión. Más allá de esto, se logra comprender claramente la idea general de estas cartas. Esto es, concebir la educación del hombre en el seno de una sociedad racional, llevados a cabo por el hombre moral, en el cual sus impulsos formales y racionales no estén en conflicto, sino en una convivencia armónica. En este plano, es importante también tener en cuenta el aspecto estético. Esto resalta la importancia que tiene el arte en la concepción de F. Schiller.

 

 

 

0

0

Por Antonio Muñoz Molina

No puede haber civilización sin ciudades”, escribe Saul Bellow, “pero hay ciudades sin civilización”. Él se refiere a Chicago, la ciudad de los terribles inviernos sin misericordia de la gran Depresión; yo leo la novela en la que vienen esas palabras, The Adventures of Augie March, una mañana de agosto, en Madrid, sentado al fresco de los plátanos y los magnolios gigantes del paseo del Prado, que es una de las islas más indudables de civilización que pueden encontrarse en una ciudad europea, y por donde paso tantas veces camino de algunas de las instituciones más civilizadas que conozco: el Museo del Prado, la Real Academia, el Thyssen, el Botánico, el Reina Sofía, las librerías de viejo de la cuesta de Moyano, sin olvidar el añadido más reciente, la extraordinaria sede de la Fundación La Caixa, con su jardín vertical y sus viejos muros de ladrillo como suspendidos en el aire, una nave industrial de hace un siglo levantada sin peso en la ciudad del presente.

Le Corbusier y sus discípulos alumbraban el camino del porvenir, que más que un camino era una trama de autopistas

Hasta bien entrado el siglo XX las tecnologías del transporte colectivo se integraban sin quebranto en el tejido de las ciudades

Uno de los rasgos de la civilización es que siempre es más frágil de lo que parece y siempre está amenazada. Un poco más arriba del paseo del Prado y del de Recoletos se abrió en la ciudad en los primeros años setenta el cráter imperdonable de la plaza de Colón, que no es una plaza sino un descampado sin alma de torres especulativas y tráfico como de autopista, con algo de urbanismo apocalíptico suramericano. En el paseo del Prado y en Recoletos se puede caminar siempre al amparo de los árboles: en Colón uno se ve arrojado a una intemperie de sol homicida o de vientos invernales, arreado en manadas para cruzar a toda prisa los pasos de cebra. La llamada plaza de Colón es una muestra infame de lo que estaban haciendo con las ciudades los planificadores, los teóricos del urbanismo y los grandes expertos en los años sesenta y setenta, cuando la capitulación institucional ante los intereses de los especuladores y de los fabricantes de coches aún se revestía con la máscara conveniente de la modernidad, del progreso implacable. Le Corbusier y sus discípulos alumbraban el camino del porvenir, que más que un camino resultaba ser una gran trama de autopistas. Hasta bien entrado el siglo XX las tecnologías del transporte colectivo se habían integrado sin quebranto en el tejido de las ciudades y habían contribuido a su expansión orgánica: las líneas de metro y de tranvías permitían el nacimiento de nuevos vecindarios hechos a la medida de los pasos humanos; los tranvías circulaban con la misma eficacia por las calles sinuosas de los cascos antiguos y por las perspectivas despejadas en las que las ciudades se abrían al campo. Cuando yo llegué a Granada, en 1974, acababan de clausurarse las líneas de tranvías, que comunicaban el centro de la ciudad con la Vega del Genil y con las estribaciones de Sierra Nevada. En Granada todavía quedan nostálgicos del tranvía de la Sierra, construido por un ingeniero ilustrado que se llamaba Santa Cruz, al que fusilaron los matarifes falangistas en el verano de 1936. Uno tomaba el tranvía en una acera arbolada de la ciudad y subía en él por la orilla del Genil hasta las laderas colosales del Veleta.

Los terribles expertos dictaminaron que cualquier obstáculo que se interpusiera a la circulación de los coches merecía acabar en los mismos basureros de la Historia a los que según Trotski estaban condenados quienes se resistieran a la revolución soviética. Para el advenimiento de la nueva civilización las ciudades resultaban un enojoso obstáculo. No sólo estaban hechas de calles estrechas y de edificios vulgares agregados a lo largo de épocas diversas: también estaban habitadas. Y la gente que las habitaba vivía y trabajaba en un desorden que sacaba de quicio a los entendidos, partidarios de que cada cosa se hiciera racionalmente en su sitio, de acuerdo con los planes utópicos que ellos mismos diseñaban, llenos de preocupación paternal por el bienestar de ese populacho, pero poco amigos de observar de cerca cómo eran sus vidas. El remedio contra los males, desde luego verdaderos, del hacinamiento y la pobreza, era el derribo, y tras él la autopista y la imposición del coche. A la destrucción de los barrios populares de Nueva York el planificador urbano Robert Moses le daba un nombre inapelable, aunque también involuntariamente siniestro: “La guadaña del progreso”.

En los primeros años cincuenta la guadaña del progreso se disponía a llevarse por delante algunos de los lugares más civilizados de Manhattan: una autopista de diez carriles iba a atravesar el Soho, Little Italy, Chinatown y el Lower East Side. Uno nunca llega a saber de verdad lo precaria que es la civilización, lo peligroso que es dar nada por supuesto: para agradecer de corazón la delicia de pasear por Washington Square, distraerse mirando a los músicos o a los saltimbanquis callejeros o a los jugadores de ajedrez, sentarse en el césped y distinguir las primeras torres de la Quinta Avenida por encima de las copas de los árboles, conviene tener presente que todo eso estuvo a punto de ser destruido hace ahora cincuenta años, porque justo por ese lugar Robert Moses había decretado que pasaría otra autopista. La guadaña del progreso no actúa por capricho: si el tráfico ha de fluir a tanta velocidad como sea posible a través de la isla, lo racional, lo inevitable, es abrirle paso.

Washington Square no fue salvada por ningún arquitecto. Ningún experto en urbanismo alzó entonces su voz contra lo que hoy nos parece un delito inconcebible. Washington Square existe ahora gracias a una mujer, Jane Jacobs, tan poco experta en nada que ni siquiera tenía un título universitario. Vivía cerca, en la calle Hudson, en el corazón del Village, y llevaba a sus hijos a jugar a la plaza. Sus primeras camaradas en la sublevación urbana fueron las madres de los amigos de sus hijos, “unas cuantas locas con carritos de niños”, según dijo Robert Moses, con la furia despectiva de los grandes expertos cuando alguien sin más cualificación que el sentido común se atreve a llevarles la contraria. En 1961, cuando Washington Square y las calles del Village ya no corrían peligro gracias al movimiento de rebeldía iniciado por ella, Jane Jacobs escribió su hermoso manifiesto en defensa de las ciudades caminadas y vividas, The Death and Life of Great American Cities. Murió el año pasado, una anciana diminuta y bravía comprometida hasta el final en la defensa de esa forma frágil y necesaria de vida en común que es la civilización y que no puede existir sin las ciudades. Un libro recién salido -Wrestling with Moses, de Anthony Flint- cuenta la crónica de su rebelión y conmemora su legado. En el corazón desventrado de Madrid, lleno de zanjas y de máquinas empeñadas en obras demenciales por culpa de un alcalde ebrio de megalomanía y de despilfarro que ahora amenaza insensatamente el paseo del Prado, yo me acuerdo de Jane Jacobs y me pregunto melancólicamente si sería posible aquí una rebelión como la suya, un levantamiento cívico que salve a Madrid de expertos y de políticos y de especulares y le permita ser una ciudad civilizada.

FUENTE