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Friedrich Schiller (1759 – 1805) fue fue un poeta, dramaturgo, filósofo e historiador alemán y es considerado una de las figuras clave del clacisismo de Weimar.

En 1795 escribió “Cartas sobre la educación estética del hombre” , compuesto por 27 cartas, donde describe la educación del hombre en una sociedad racional. Allí Schiller hace una reflexión acerca de la belleza y su función dentro de una cultura y una sociedad determinada.  Critica el proceso de la ilustración, cuando sostiene que “lleva a la enajenación del ser humano respecto a su esencia” y afirma que la educación del hombre con miras a resolver el problema político de una sociedad plenamente racional y libre, debe ser “estética”.

A continuación presentamos tres de las cartas:

Duodécima carta

Los conceptos esbozados por Schiller en esta carta se ligan con el pensamiento de la Grecia Clásica en cuanto a la separación de cuerpo y alma. Schiller lo llama “la realidad en nosotros” y “la realidad fuera de nosotros”. Cada una de estas tiene un impulso: uno formal (que dicta las leyes) y uno sensible (que tiende al caos). En el uso del impulso formal se manifiesta la naturaleza racional del hombre, conformando un ser libre. Sostiene que cuando actúa la razón, el hombre es libre y “se da la más perfecta extensión del ser”, mientras que el impulso sensible hace imposible la perfección de la humanidad. Con este tipo de afirmaciones se ve claramente el pensamiento del autor: el racionalismo reinante, rechazando el plano del sentir, alegando que ese impulso puede ser válido en un determinado momento y para un sujeto en particular, pero puede no ser pertinente en otro momento dado.

Decimotercera carta

En esta carta  Schiller profundiza los conceptos de impulso formal e impulso sensible, sosteniendo que no son impulsos contrapuestos por naturaleza, sino que llegaron a esa oposición en su accionar en la naturaleza. En este sentido, propone a la cultura como mediadora entre estos impulsos: “la cultura consiste en vigilar estos dos impulsos y asegurar los límites de cada uno de ellos”. En este caso, Schiller hace un valioso aporte referido a la cultura para su época. Rescata una función y le otorga un poder a la cultura, la deja encargada de lidiar entre los dos impulsos que caracterizan al hombre. Claro que no es un concepto de cultura concebido tal como lo es hoy en día, pero es un adelanto importante para el siglo XVIII (1795).
Sostiene que ambos impulsos necesitan un límite, es necesario que el hombre encuentre un balance entre ambas.  De esta forma, concluye que la belleza puede ser concebida como la instancia que hace posible “educar” tanto la facultad sensible y como la facultad racional, ya que las contiene a ambas. Así, la cultura pueda considerarse como “estética” ya que fundamenta y asegura la acción recíproca de estos dos impulsos.

 

Decimocuarta carta

Schiller continúa ahondando los conceptos de impulso formal e impulso sensible. Aquí, afirma que para que se de una relación recíproca entre estos dos impulsos, el hombre tiene que actuar en plenitud de su razón y se sentirá completo, como humano, cuando sea capaz de controlar y utilizar estos dos impulsos juntos.

Schiller habla en un nivel muy grande de abstracción y quizás en algunas partes se dificulta la lectura y posterior comprensión. Más allá de esto, se logra comprender claramente la idea general de estas cartas. Esto es, concebir la educación del hombre en el seno de una sociedad racional, llevados a cabo por el hombre moral, en el cual sus impulsos formales y racionales no estén en conflicto, sino en una convivencia armónica. En este plano, es importante también tener en cuenta el aspecto estético. Esto resalta la importancia que tiene el arte en la concepción de F. Schiller.

 

 

 

05.04.2010

Amor líquido

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La modernidad se presenta ante nosotros como lo cotidiano. Ella está pero se esconde. Se manifiesta pero se oculta. La ambivalencia es una de sus características: niega y afirma. Es el presente.

El mundo moderno impuso cambios radicales a la condición humana: el sujeto se volvió individuo: El pensamiento individualista se impuso olvidando el significado de “vivir en sociedad” y el significado de los lazos sociales. El ego cubrió el sentimiento ocultándolo en el fondo y cada vez que el sentimiento se manifiesta, vuelve al sujeto frágil y vulnerable: por eso mismo es mejor ocultarlo y escapar de la exposición. Complejiza al hombre, tiñendo sus pensamientos de rompecabezas y esquemas irresolubles.
Detrás de su aparente promesa de evolución, se presenta todo un sistema, toda una ideología avalando esta modernidad
Transforma los lazos sociales en meras herramientas, provocando miedo cuando nos encontramos ante verdaderas relaciones humanas.
En resumidas cuentas, significa la escisión del sujeto de su propio yo.

Quien ejemplifica todo esto a la perfección es Zygmunt Bauman en su libro Amor Líquido. Donde hace una especie de paralelismo entre el mercado y los lazos sociales. Muestra una sociedad de mercado en la que las relaciones humanas equivalen a objetos que, cuando no sirven, se vuelven desechables, donde siempre son pensadas en relación costo-beneficio. Ante todo este negativismo, el autor muestra la esperanza de la posibilidad de superar los problemas que plantea esta moderna sociedad líquida. Una reflexión audaz y original por parte de Bauman, totalmente recomendable.

25.03.2010

Metáfora literaria

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Ese día estaba muy apurada: había acordado encontrarme con una amiga muy especial justo al medo día. No podía postergar el encuentro de ningún modo porque ya lo había hecho en otras oportunidades.

Cuando salí de la facultad fui hasta la parada del colectivo que ya estaba cansada y necesitaba sentarse un rato. Ahí estuve esperando media hora hasta que llegó el bondi repleto de gente. No tuve otra opción que viajar de pie. La situación empeoró cuando el tránsito comenzó a congestionarse y no tardó nada en contagiarme la gripe.

Y el tiempo pasaba, yo estaba cada vez más nerviosa. Así, decidí bajarme e ir caminando, pero en una esquina el cordón de la vereda se desató y me tropecé. Por suerte caí sobre un montón de hojas de los árboles y no me lastimé, sin embargo, me detuve a leerlas una por una. De repente, la boca de mi estómago me dijo que tenía hambre pero me hice la sorda y continué viaje. Todavía me faltaban un par de cuadras y ya estaba llegando tarde, entonces llamé a mi amiga por un teléfono público que tenía todos los botones a punto de descocerse. De todos modos, funcionaba y pude dejarle un mensaje en el contestador pero que, en definitiva, no daba ninguna respuesta que me ayudara.

Al fin arribe a destino. Toqué timbre un, dos y tres veces pero nadie atendió. Decidí mirar por el ojo de la cerradura y, sin embargo, tampoco tuve éxito y lo único que obtuve fue una ojeadora.

Totalmente rendida llegué a mi casa con ganas de acostarme pero las patas de la cama salieron corriendo y no pude alcanzarla. Por eso, me acerque al sofá y me recosté lentamente hasta quedarme profundamente dormida hasta hoy.