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Salvador Dali, 1925, óleo sobre cartón piedra, 105 x 74,5 cm – Museo Nacional Reina Sofía, Madrid.

Es una pintura realista, de la etapa de formación de Dalí, donde aún no se vislumbraba su estilo surrealista característico. que transmite paz.
La muchacha de espaldas es Ana María, hermana de Salvador, quien fue su modelo hasta 1929, cuando Gala la sustituye. Desde esa ventana se contempla la vista que tenía la casa de veraneo de los Dalí en la Cadaqués.

Sin dudas, esta pintura transmite paz.

«A los seis años quería ser cocinero. A los siete quería ser Napoleón. Mi ambición no ha hecho más que crecer ahora sólo quiero ser Salvador Dalí y nada más. Por otra parte, esto es muy difícil, ya que, a medida que me acerco a Salvador Dalí, él se aleja de mí»

 

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Martirós Sarian nació el 28 de febrero de 1880, en Nor Nakhicheván, Rusia, donde vivían, en su mayoría, armenios provenientes de Nakhicheván.  En 1895, se recibió de la escuela de Nor Nakhicheván y desde 1897 a 1904 comenzó sus estudios en arte en la Escuela de Arte de Moscú.  Sus obras artísticas fueron claramente influenciadas por los estilos de Paul Gaugin y Henri Matisse. Una de las características de la pintura de Sarian fueron los paisajes, en su mayoría referidos a las montañas, bosques, ríos y lagos de Armenia.

Fue testigo de hechos aberrantes de la historia del hombre del siglo XX: presenció dos guerras mundiales y el genocidio que sufrió el pueblo armenio entre 1915 y 1923.

En el período de 1910 a 1913 viajó por Turquía, Irán y Egipto, donde se vio influenciado por las corrientes artísticas de las mencionadas regiones. Para esa época, ya era un pintor reconocido y consagrado.  Luego, volvió a Armenia, precisamente a la ciudad de Echmiadzín, para brindar ayuda a los refugiados que habían escapado del genocidio, mostrando un gran compromiso social con su pueblo y su país: “la orgía de la muerte se derramaba en un gigantesco mar humano hasta las laderas del Ararat. Sólo en las horas de la noche los quejidos y gritos de ayuda se calmaban apenas. La muerte tragaba su porción diaria… ¿qué se podía hacer? Nunca en mi vida me sentí tan impotente”[1]. En este lapso Sarian dejó de pintar y se dedicó plenamente a asistir a las víctimas. Su dolor fue tan fuerte que tuvo alteraciones nerviosas y psicológicas, de las cuales no pudo recuperarse por un largo tiempo.

Luego de la Revolución Rusa se trasladó Rusia por un período de tres años, para después volver ya definitivamente a Armenia.  El paulatino florecimiento de su patria lo hizo revivir: presenció el renacimiento de su pueblo que lo inspiró a continuar con su labor. Durante estos años, “Sarian conservó su interés por la naturaleza muerta, los paisajes y los retratos. Mientras que en el período anterior prevalecía lo general sin destacar detalles, ahora comenzó a prevalecer un interés especial hacia los detalles y lo individual. No son flores, frutas, montañas, gente, sino que son éstas flores, éstas frutas, éstas montañas, ésta persona las que se sitúan en el centro de atención del artista”[2].

Durante su vida artística en Armenia se caracterizó por ser un gran paisajista, pero además, fue quien diseñó el escudo de la República Socialista Soviética de Armenia, fue elegido como diputado del Soviet Supremo de la URSS y fue galardonado con la Orden de Lenin[3] tres veces y otros premios y medallas.

Sarian murió en Ereván, a los 92 años, el 5 de mayo de 1972. Su antigua casa se ha convertido en un museo dedicado a su trabajo con cientos de artículos en exhibición. Además de esto, el museo también funciona como centro de investigación artístico, donde se realizan diferentes análisis de obras de arte.

Sus obras se exponen en la Casa-Museo Martirós Sarian (Foto 1), Sarian Street 3, Erevan, Armenia y en la Galería Nacional de Arte de Armenia (Foto 2), ubicado en la Plaza de la República.


[1] Sarian, Martirós. De mi vida. Moscú 1970.  Pág. 242

[2] Stepanian , Nonna. Arte de Armenia. Editorial Sovetsky Khudoznik. Moscú 1989. Pág. 187

[3] Galardón civil más importante de la URSS

21.07.2010

La imagen del día

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«The garden» Joan Miró

«Trato de aplicar colores como palabras que forman poemas, como notas que forman música«. J.M

15.05.2010

Arte y reflexión

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En el capítulo “El arte como ansia de lo ideal” y, a lo largo del texto Esculpir en el Tiempo,  Andrei Tarkovski refleja muy bien las ansias del hombre por apropiarse del mundo y cómo ese hombre ve al arte como una herramienta, como un medio para alcanzar ese mundo ideal y cómo éste vive en esa utopía.

En el recorrido del capítulo, el autor realiza una comparación, destacando similitudes y diferencias, entre arte y ciencia. Explica que el nacimiento de una imagen artística no puede ser explicado por medio de un proceso empírico, tal como lo hace el surgimiento de una teoría científica. Y, además, el arte puede hacer que lo imperceptible e inexplicable con palabras se pueda expresar con la imagen. Otra de las diferencias que marca, es que el artista está determinado por leyes propias, que quizás carecen de valor para otros, cosa muy distinta sucede en la ciencia, donde  hay patrones, valores y leyes a seguir. En síntesis, es sumamente interesante el paralelo que se establece entre estas dos esferas en cuanto a la dominación del mundo, de la incertidumbre y la llegada a la “verdad absoluta” a la que ambas tienden.

Otro punto para resaltar es cuando Tarkovski destaca el rol y el objetivo de la obra de arte que no está destinada a ser mercancía: esto es, explicarle al hombre el por qué de su existencia. Y, si no puede responder esta duda existencial, al menos la enfrenta. A este supuesto, se le puede encontrar una ligazón con la función que se le otorga al arte, la función catártica. A su vez, esto tiene una concordancia con lo que se plantea al comienzo del texto: “¿para qué existe el arte? ¿A quién le hace falta? ¿Hay alguien a quien le haga falta?” Esto es lo que se cuestiona Andrei Tarkovski y tiene estrecha relación con esta función catártica y también con las determinaciones con las que uno está formado. Si es artista tendrá una formación, si es científico otra, si es economista otra, y así sucesivamente. Así, cada individuo tendrá su visión y opinión de la obra de arte: mientras algunos la juzgarán sin una previa reflexión, otros tendrán un fuerte sentimiento de identificación y pasión hacia esa obra.

A esto hace referencia la poesía “El infinito” de Giacomo Leopardi: una particular forma de percibir algo, que puede llegar a ser una obra de arte, es decir, una percepción subjetiva pero sin transformarse en una individualidad. Algo que para unos es un objeto inerte, a otros les despierta una pasión, un interés y una exaltación del espíritu inmedible.

Es un texto enriquecedor y aporta a la mirada crítica y apreciativa de lo que es el arte. En una sección de la obra, Tarkovski afirma que cuanto más escondidas estén las intenciones del autor, tanto mejor es la obra de arte y, en cambio, si el objetivo es demasiado claro, esa obra se queda en lo superficial.